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Pasajero sentado en la fila de emergencia de un avión

Tras varios días intentando vender desodorantes por París, llegó rendido al aeropuerto Charles de Gaulle.

“Yo sabía que venderle desodorante a esta gente iba a ser casi imposible. Mi jefe juraba que los franceses estaban listos para el producto.”

En el mostrador de Iberia lo atendió una mujer de unos 63 años.

“Buen día, señorita. ¿Sería tan amable de fijarse si queda algún asiento en la fila de emergencia?”

El simple hecho de que un hombre la llamara “señorita” era suficiente para alegrarle la tarde y hacerla sonrojar por dentro y por fuera.

“Déjeme que mire, señor… ¿Gonzales?”

“Sí, sí. Gonzales. Con S de sabio.”

La vieja no tuvo reacción ante el pésimo chiste.

“Pues fíjese qué suerte, justo nos queda uno.”

“Qué amable. Muchísimas gracias.”

Al rato estaba sentado en el 11D de un Airbus A320 rumbo a su monoambiente en La Coruña.

Cuando el avión estaba casi listo para partir, apareció junto a su asiento una joven azafata, eslovena de nacionalidad y Sagitario de signo.

Gonzales metió panza e intentó aparentar mejor estado físico del que realmente tenía.

No logró disimularla demasiado y, resignado, dio por perdidas sus chances con ella.

Además, ella era lesbiana.

“Como está sentado junto a la salida de emergencia, necesito confirmar que está dispuesto y en condiciones de ayudar en caso de una emergencia.”

“Claro que sí. Estoy dispuesto a ser el héroe que este avión necesita.”

Esperó una gran carcajada.

Nadie se rió. El tipo de la fila de atrás lo miró con una cara que decía: “¿Se puede ser tan boludo?”

“Gracias. Buen viaje.”

La azafata le dio la espalda y murmuró:

“Qué tipo tan estúpido.”

Gonzales tardó unos segundos en entender lo que acababa de aceptar.

“¡Ay mi madre, menuda trapallada hice!”

Entonces entendió que no estaba preparado para ser héroe de absolutamente nadie.

Ni física ni mentalmente.

“Si esta mierda se llega a caer, no cuenten conmigo. Sálvese quien pueda.”

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Llevame a cualquier lado