Lautaro Pilufo, de 43 años y padre de tres hijos, asegura que durante su vasectomía descubrió que su urólogo era “un tipazo”.
“Pegamos muy buena onda.”
Lautaro había decidido hacerse el procedimiento después del nacimiento de su tercer hijo.
“Yo amo a mis hijos, pero tres está perfecto. Jamás tendría otro.”
Después intentó hacer un chiste frente a su esposa.
“Si ella queda embarazada, por lo menos ya sabemos que no va a ser mío.”
Nadie se rió.
La conversación con el médico comenzó mientras preparaban el procedimiento.
“¿Cómo está la familia?”, preguntó Lautaro.
El urólogo le explicó que estaban todos bien y le pidió que tratara de quedarse quieto.
“Ahí ya sentí confianza.”
Durante los siguientes catorce minutos, Lautaro desplegó todo su arsenal de conversaciones que no llevan a ningún lado pero ayudan a pasar el tiempo: el clima, el tráfico, los hijos, dónde vivía el doctor, cuánto hacía que estaba casado y qué planes tenía para el fin de semana.
“Resulta que también le gusta hacer asado. Yo sabía que teníamos cosas en común.”
En un momento, el médico le preguntó si sentía alguna molestia.
“No, no. Todo perfecto. ¿Y tus chicos, qué edades tienen?”
Al terminar el procedimiento, Lautaro se incorporó con cuidado y se despidió del urólogo.
“Muchísimas gracias, Doc. Un placer, de verdad.”
“Bueno, quedó pendiente ese asado.”
Minutos después caminó como un pingüino herido hasta el auto, donde su mujer lo esperaba para llevarlo a casa.
Nunca más se volvieron a ver.


