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Después de seis años juntos, Carolina organizó un viaje a París con la ilusión de que algo importante pudiera pasar.

Carolina decía que no esperaba nada, aunque era recontra mega obvio que esperaba que Federico se dejara de hinchar las bolas y diera el próximo paso.

“Yo no quiero decir nada”, decía entre risas. “Pero París es París. Una nunca sabe.”

Caminaron por Montmartre, donde se cansaron de decirles que no a los vendedores ambulantes, y comieron crêpes y baguettes en típicos cafés parisinos.

Ella miraba maravillada la Torre Eiffel mientras él se aseguraba de mantenerse lejos de cualquier gitano que tuviera cara de carterista.

Finalmente llegó el día que Carolina llevaba esperando desde que habían aterrizado en París: su primera visita al Louvre.

Para ella no era una parada turística más.

Era el Louvre.

Amante del arte, tenía una lista de obras que quería ver en persona: La coronación de Napoleón, de Jacques-Louis David, La Libertad guiando al pueblo, de Eugène Delacroix, y especialmente La Mona Lisa, de Leonardo da Vinci.

“Siempre soñé con ver a la Mona Lisa.”

Federico lo vivía bastante distinto.

“Qué paja ir a otro museo más. Lo hago porque sé que a ella le gusta, pero por mí voy a la cancha del Paris Saint-Germain.”

Sin embargo, su percepción cambió apenas empezó a recorrer las salas.

“Todos los museos a los que había ido hasta ese día estaban llenos de viejos chotos. Este estaba lleno de minas fuertísimas. Encima ahora está la moda de usar pantalones de yoga y eso a mí me re calienta.”

Carolina estaba metida de lleno en el arte. Federico se hacía el interesado lo suficiente como para no levantar sospechas.

“Las miraba de reojo, obviamente. Tampoco soy un boludo.”

“Lo que más me impresionó de La coronación de Napoleón fue la cantidad de detalles”, explicó Carolina. “Podés quedarte diez minutos mirando y seguís encontrando cosas.”

Federico también encontraba cosas.

“Había una variedad increíble: rusas, brasileras, francesas, yanquis, australianas. Para todos los gustos. Una cosa nunca vista.”

“En cada sala había algo increíble”, contó Carolina. “Sentís que estás caminando por la historia de la humanidad.”

Federico coincidió.

“Hubo una brasilera que me hizo caminar como cuatro salas de más. Carolina pensó que yo estaba fascinado con el Renacimiento.”

Finalmente llegaron a La Mona Lisa.

Carolina se abrió paso entre los turistas hasta quedar frente al cuadro que había esperado años para conocer.

“Fue uno de esos momentos en los que decís: no puedo creer que estoy viendo esto con mis propios ojos.”

Federico estaba a pocos metros.

“Había una morocha con pantalones blancos que me dejó completamente pelotudo. Me quedé como seis minutos mirándole el culo. Ni parpadeé.”

Al terminar el recorrido, coincidieron en que el Louvre había sido lo mejor del viaje.

El anillo nunca llegó, pero Carolina no se mostró decepcionada.

“Hubiera sido lindo, obviamente. Pero no necesitaba una propuesta para saber lo que tenemos.”

Federico también se llevó un recuerdo difícil de olvidar.

“La Mona Lisa está bien, pero yo me quedo con la de pantalones blancos.”