Cada día, a lo largo y ancho del globo terráqueo, millones de personas se sientan en un restaurante y se hacen una simple pregunta:
“¿Qué tengo ganas de comer?”
La mayoría mira el menú, elige y sigue con su vida porque, al fin y al cabo, no es una decisión de vida o muerte.
Paula, sin embargo, consigue transformar ese trámite cotidiano en un dilema paralizante.
El menú que le presentaron tenía solo dos páginas. Para Paula, podrían ser doscientas y estar escritas en un idioma que no habla.
“Ay… no sé qué pedir”, dice en voz alta, tirando la frase al aire a ver quién la ayuda.
Su marido, que en treinta segundos eligió su entrada, plato principal, trago y postre, se ofrece a ayudarla.
“A ver… ¿qué tiene ganas de comer hoy Paulita? ¿Carnecita, pollito o pasta?”
“Quisiera algo de pasta, pero no sé por los carbohidratos. ¿Será rico el pescado?”
Su marido intenta contestar, pero Paula escupe preguntas que nadie en la mesa puede responder.
“¿Será salado? ¿Será picante? ¿Con qué aceite lo harán? ¿Estamos solos en el universo?”
A esa altura, su marido ya tiene las bolas bastante llenas y decide no meterse más en ese laberinto mental.
El mozo vuelve por segunda vez. Al borde del colapso, Paula pide otro minuto.
Cuando el mozo vuelve por tercera vez, hay veredicto.
“Dame el pollo.”
Su familia respira aliviada.
Mientras el mozo se aleja, Paula lo mira.
“La cagué. Tendría que haber pedido la pasta.”
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