Desde hace casi sesenta años, Mabel no conoce frasco vacío que merezca terminar en la basura.
De mermelada, café, aceitunas, mayonesa, salsa, pepinos, cualquier cosa.
“No se entiende la obsesión de Mabel juntando frascos. Ni uno se le escapa”, explica su marido.
Cada vez que aparece un frasco vacío, el marido comete el mismo error: preguntarle a Mabel.
“Si ya sé la respuesta, no sé para qué mierda le pregunto.”
Mabel tiene siete estantes llenos de frascos de todos los tamaños, todos perfectamente lavados y guardados por si algún día sirven para algo.
“En el garage le tengo guardadas otras diez cajas”, dice su marido, ya bastante podrido con el tema.
Mabel asegura que algún día pueden hacer falta.
“Uno nunca sabe.”
Su hijo, en cambio, tiene otros planes.
“Ni bien se muera la vieja, se van todos a la basura. Ese mismo día.”
Después lo pensó mejor.
“Capaz guardamos algunos y la repartimos adentro, tipo laboratorio científico.”
Nos mostró uno de los más chicos.
“Imaginate: ‘Mirá, acá están los dedos de mamá’.”
Después agarró uno grande.
“Y acá podemos poner el riñón.”
Miró los estantes otra vez.
“Si la cortamos bien, entra toda.”
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