Después de deslizar a la derecha a cientos de minas en Tinder sin ni siquiera mirar su perfil o sus fotos, una, inexplicablemente, le dio bola.
Tras un intercambio bastante básico, Sebastián tercerizó el chamuyo en ChatGPT y logró que Raquel aceptara salir a cenar.
Se bañó, se afeitó arriba y abajo —“uno nunca sabe”—, se perfumó y salió de su casa con un único objetivo: ponerla.
Cinco minutos después de sentarse en el restaurante, apareció Raquel, quien evidentemente había elegido sus fotos con muchísimo criterio.
“¿Sebastián?”
Se levantó para saludarla y, tras una veloz inspección, dedujo:
“Un poco más gordita, pero igual le doy.”
Se sentaron y arrancaron con las preguntas boludas que la sociedad exige antes de intentar cogerse.
“¿Dónde trabajás?”
“¿Hace mucho que vivís en Miami?”
“¿Estás a favor del aborto?”
Cuando llegó el momento de ordenar, Sebastián hizo algo que hasta el más boludo sabe que no se debe hacer.
Eligió el fettuccine al pesto.
“Yummy”, pensó.
Terrible tragasable.
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