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Cuando José Luis decidió embarcarse desde su México querido para conocer y aprender del gran Mahatma Gandhi, soñaba con regresar un poquito menos pendejo.

Sabía que Gandhi pasaba gran parte de su tiempo en ashrams, unos centros comunitarios de espiritualidad donde se practicaba yoga, meditación y, básicamente, se estaba al reverendo pedo todo el puto día.

José Luis había viajado, entre otras cosas, para aprender de aquella filosofía de paz y no violencia.

El mensaje era esperanzador.

En los libros sonaba hermoso. En persona olía distinto.

“Hijo de la chingada”, exclamó José Luis al registrar por primera vez el hediondo olor proveniente del Mahatma.

Su nariz le reclamó: “¿A dónde me trajiste, José Luis?”

“No mames, güey. Este hijo de puta no se baña desde el siglo pasado.”

A partir de ese momento y durante el resto de su breve visita, José Luis respiró exclusivamente por la boca.

Gandhi, siguiendo las costumbres tradicionales de la época, solo se bañaba una vez cada dos meses.

“No uso ningún tipo de jabón”, nos contó. “Me hace mal a la piel.”

“¡Me vale madre!”, siguió refunfuñando José Luis.

Gandhi se vestía con una prenda llamada dhoti, un paño de algodón blanco enrollado alrededor de la cintura a modo de taparrabos.

Tiene su onda.

Pero —y este pero es importante— en Delhi hace un calor de morirse. Las temperaturas frecuentemente superan los 45 °C.

El Mahatma caminaba, meditaba, daba discursos y transpiraba litros.

Cuando meaba, ni siquiera se sacudía bien. Las últimas gotitas terminaban secándose contra la tela.

“Se echa la hueva aquí todo el día. Pendejo yo en venir a verlo.”

Gandhi seguía sin entender la cara de asco de José Luis, así que apeló a la filosofía:

“Tú debes ser el cambio que quieres ver en el mundo.”

“Pues empieza por cambiarte el pinche desodorante”, respondió José Luis.

Gandhi le retrucó:

“El desacuerdo es muchas veces muestra de progreso.”

“Te lo digo sin pelos en la lengua, Mahatma: progreso sería que te pegues una ducha con jabón.”

Antes de irse, José Luis lo miró por última vez.

“Muy bonito lo de la no violencia, pero báñate, cabrón.”

José Luis salió rápidamente del ashram.

Gandhi lo observó alejarse, convencido de que su visitante finalmente había alcanzado la iluminación.

En realidad, José Luis había salido a buscar aire.