El joven de 45 años, casado y con dos hijos, utiliza diferentes estrategias para intentar levantarse a alguna minita de Instagram.
“Hay que ser sutil con lo que mandás. Nunca un comentario desubicado o baboso. Quedás como un pajín y no da”, explicó.
“Si sube una historia haciendo yoga, le doy algún consejo. Si sube una foto de comida, le recomiendo un buen restaurante.”
Gabriel explica que, aunque sea Instagram, hay que mantener ciertos códigos.
“Si está de novia no le escribo. Pero cuando el novio deja de aparecer por un tiempo, empiezo a tantear.”
Para Gabriel, el idioma es un detalle menor.
“Le he mandado mensajes a centenares de rusas que ni en pedo hablan español. El amor no tiene lenguaje.”
A la hora de elegir objetivos, Gabriel asegura entender sus probabilidades.
“Si tiene más de cincuenta mil seguidores, ni lo intento. Me especializo en mercados emergentes.”
Borra los mensajes que nunca tuvieron respuesta. O sea, todos los que manda.
“Tengo muchas fotos con mi mujer y los chicos. Capaz eso las espanta un poco y es entendible”, admite Gabriel.


