Era un vuelo de ocho horas y media de Miami a Buenos Aires. Con un chico tranquilo, algo manejable. Con el pequeño Silvestre, una condena.
Mientras todos se preparaban para despegar, Joaquín ya estaba preocupado por el comportamiento errático de su hijo Silvestre.
“Él puede ser un poco inquieto.”
Inquieto las pelotas. Es el demonio de Tasmania en ser humano.
El vuelo ni siquiera había empezado y Silvestre ya estaba rompiendo soberanamente las pelotas.
Gritó, pataleó, lloró, se rio a carcajadas. Casi todo lo mismo que hace mi mujer cuando está menstruando.
Y recién estaban saliendo de Miami.
“Yo traté de entretenerlo. Tablet, auriculares, dibujitos, comida. Nada funcionaba.”
“El tipo de adelante se dio vuelta y me clavó una mirada que, traducida, era bastante simple: ‘controlá a ese pendejo’.”
“Apreté el botoncito ese que llama a la azafata.”
“Vino volando. Para mí ya se lo esperaba.”
“Tengo que mover al nene al ala”, le dije.
Ella asintió con la cabeza, como si fuera la solución obvia al problema.
“Sí, se puede”, me dijo. “Pero el asiento exterior tiene un cargo adicional de 79 dólares.”
“Lo pensé unos segundos.”
“No tengo otra opción. Lo tengo que hacer.”
Lo ataron bien al asiento.
“Ahí empezó a gritar desesperado. Se dio vuelta todo el avión. No sabía dónde meterme de la vergüenza.”
Por suerte, el asiento salió rápido por la puerta y fue solito hasta su posición en el ala.
“No sé si fue el frío, el ruido, la oscuridad o qué mierda pasó, pero Silvestre no jodió más.”
“El tipo de adelante se dio vuelta, me sonrió y me levantó el pulgar.”
Cuando aterrizaron, Joaquín preguntó si había asientos disponibles en el ala para el vuelo de regreso.
Más noticias satíricas sobre padres, hijos y viajes en Viejas Chusmas.


