Bruno tiene seis años y, según él, nunca fue para nada complicado con el tema de la comida.
“Yo como absolutamente todo, eh. No le hago asco a nada. Le entro a cualquier cosa. Dame los restos de cualquier plato y soy el perro más feliz del mundo.”
El problema es Micaela, su dueña.
“Pero la comida que me da esta mujer es un horror.”
Micaela hace unos meses decidió empezar a comer orgánico, vegano y saludable. Bruno fue simplemente una víctima colateral.
“Me da tofu con quinoa, zanahoria y semillas de chía. Hermano, dame algo que alguna vez haya tenido madre.”
La cosa se puso todavía peor cuando Micaela empezó a experimentar.
“Me hizo una lasaña de zucchini crudo con ricota de almendras.”
Bruno todavía no logra superarlo.
“Una lasaña. Sin pasta, sin carne y sin queso. ¿Qué carajo tiene de lasaña?”
“A mí dame un bife de chorizo. Un pedazo de pizza. Una milanesa que se cayó al piso. Cualquier cosa menos esa mierda.”
Micaela insiste en que una buena alimentación puede ayudarlo a vivir muchos años más.
“No quiero vivir hasta los quince si va a ser comiendo así.”
“Dejame vivir la vida. Dame un choripán y, si me tengo que ir a los nueve, me voy feliz y con la panza llena.”
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