Tomasito Ferreyra empezó el verano con una meta clara: ahorrar lo suficiente para darse un gustazo que venía postergando hacía meses.
“Salía bastante cara. Mamá me dijo que si quería comprarme mis cosas, tenía que aprender a ganarme la plata.”
Y eso fue exactamente lo que hizo.
Se puso a trabajar como guardavidas en un club local y empezó a hacer changas para los vecinos: cortar el pasto, limpiar patios, mover muebles.
“Lo que sea. Si me pagaban, lo hacía.”
“Todo sumaba. Veinte dólares de acá, treinta de allá. Yo tenía una meta.”
La decisión fue el resultado de varios meses de investigación exhaustiva.
“El modelo que elegí no era cualquiera. Está hecho con una silicona especial, no con ese vinilo barato. Hice muchas horas de research comparando materiales, tamaños y terminaciones.”
“Rubia. Solo rubia. Eso no era negociable.”
“Para mí era importante que tuviera los tres agujeros del amor: boca, vagina y anal. Ya que iba a invertir, quería hacerlo bien.”
Tomasito incluso decidió agregar algunos accesorios.
“Por cuarenta dólares más te mandan una ropita de enfermera que le queda espectacular. Ya que había llegado hasta ahí, no iba a ratonear.”
Su madre, Patricia, asegura estar orgullosa.
“Siempre quisimos enseñarle que las cosas cuestan. Verlo levantarse temprano, trabajar y ahorrar dólar por dólar me llena de orgullo.”
Su padre, Marcelo, siguió el proceso con particular emoción.
“Yo tenía dieciocho cuando me compré la primera. También trabajé todo un verano. Son cosas que uno no se olvida.”
Al final del verano, Tomasito hizo las cuentas.
Le faltaban treinta y ocho dólares.
Marcelo decidió poner la diferencia.
“Había trabajado todo el verano. No iba a dejar que treinta y ocho dólares se interpusieran entre él y su sueño.”
Padre e hijo hicieron juntos la compra esa misma noche.
“Verlo crecer y convertirse en un hombre responsable ha sido uno de los mayores honores de mi vida.”


