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Eran las siete de la noche, la hora habitual en la que Sofía se bañaba antes de cenar.

Su madre, Laura, la había dejado mirar un rato de televisión antes del baño.

El problema empezó cuando intentó apagarla.

Sofía no estaba de acuerdo.

Lo que siguió fueron casi treinta minutos de negociación en los que la nena de seis años fue consiguiendo, de a poco, prácticamente todo lo que quería.

Laura había leído varios libros sobre crianza afectiva. El último, Disciplina positiva para una infancia feliz, lo tenía prácticamente subrayado entero.

Primero le avisó con cinco minutos de anticipación.

“Le dije que entendía que estaba entretenida y que podía ser difícil dejar algo que estaba disfrutando.”

Pasaron los cinco minutos.

Sofía pidió diez más.

Laura le dio cinco.

Después intentó validar cómo se sentía.

“Le expliqué que entendía su frustración, que estaba bien sentirse enojada y que yo estaba ahí para acompañarla.”

Sofía la escuchó.

“Entonces voy a seguir mirando la tele.”

Laura probó ofreciéndole opciones.

“Le pregunté si prefería bañarse ahora o dentro de cinco minutos.”

Sofía eligió dentro de veinte.

Laura explicó que esa opción no estaba disponible.

Sofía se puso a llorar.

Durante los siguientes veinte minutos, Laura se agachó tres veces para hablarle a la altura de los ojos, se aguanto tres berrinches, ofreció cuatro alternativas y le permitió elegir el pijama, el shampoo y los juguetes para la bañadera.

Treinta minutos después, Sofía seguía mirando televisión.

A las siete y media llegó Martín del trabajo.

Venía con cara de cansado.

Dejó las llaves sobre la mesa, miró a su hija frente al televisor y preguntó:

“¿SOFÍA, TODAVÍA NO TE BAÑASTE?”

Sofía no respondió.

“¡APAGÁ ESO Y TE VAS YA MISMO!”

Sofía, ante la sorpresa de Laura, apagó la televisión, se levantó del sillón y se fue al baño.

Nueve segundos.

Martín miró a Laura.

“¿Qué estuvieron haciendo durante media hora?”