Gustavo Berman es uno de los coleccionistas de pelotas de fútbol más reconocidos del mundo. Lleva años reuniendo ejemplares de distintas épocas y su colección no para de crecer.
“Tengo cuatro infladas y más de doscientas desinfladas. Si las inflo todas, directamente me tengo que ir yo del departamento.”
Gustavo cuenta que desde hace años atraviesa serios problemas con su familia porque ellas, a modo de chiste, no paran de inflarle las pelotas.
“Se los pedí bien, se los pedí mal. No hay caso. Me las siguen inflando.”
“Yo a veces quiero sentarme media horita en el sillón. Nada más. Te juro que no pasa ni un minuto y aparece alguna con una pelota y un inflador.”
Tal es el hartazgo que hasta puso carteles por toda la casa:
“POR FAVOR NO ME INFLEN LAS PELOTAS. GRACIAS.”
“Encima les agradezco.”
“Las conozco tanto que con solo mirarlas me doy cuenta si me van a inflar las pelotas o no.”
La joda de su familia tampoco se limita a su casa.
La semana pasada, mientras llevaba a sus hijas al colegio, notó que algo raro estaba pasando en el asiento trasero. Se empujaban, discutían, parecía que se estaban peleando por algo.
“Les pegué un grito: ‘¿Qué está pasando allá atrás?’”
“Me doy vuelta y estaban las dos con mis pelotas, compitiendo para ver quién la inflaba más rápido.”
La suegra también participa.
“Mi suegra sabe perfectamente cuánto me molesta que me inflen las pelotas. El otro día fui a su casa y me encontré con tres del Mundial de Italia 90 perfectamente infladas en el living.”
“¿Por qué no le infla las pelotas al marido en vez de inflármelas a mí?”
En Navidad directamente se fueron al carajo.
“Abro el regalo y era un compresor eléctrico. Todas se me cagaban de risa.”
“Para ellas es un chiste. El que vive con las pelotas infladas soy yo.”
Un día se cansó y puso cámaras en toda la casa.
“Mi mujer inflaba una, mi hija otra. Parecía una fábrica.”
Hubo momentos en que pensó seriamente en agarrar todo e irse.
“Agarro algo de ropa, cargo las pelotas y me voy a la mierda.”
Por suerte, asegura que su familia también sabe cuándo parar.
“Cuando me ven realmente caliente, ahí sí hacen todo lo posible para desinflarme las pelotas. Nunca me las dejan tranquilas. Ni para joder ni para calmarme.”


