Kike pasó años sentado afuera de un dojo mientras sus hijas dominaban poco a poco el noble arte del karate.
“Yo quería que aprendieran a defenderse, que ganaran confianza, disciplina, coordinación… todas esas cosas.”
El sábado pasado le quedó claro que tantos años de karate habían servido.
Todo empezó cuando, después de almorzar, sus hijas le pidieron que las llevara a comprar helado.
“Déjenme descansar un rato, que es sábado y trabajé toda la semana.”
“No sabría decirte qué técnica usaron, pero en dos segundos me tenían en el piso.”
Según recuerda, una de las chicas lo agarró del brazo mientras la otra le barrió las piernas.
Cinco minutos después, con las chicas comiendo helado y el tema ya cerrado, Kike dio su explicación.
“Yo las llevé a karate pensando en su seguridad. Ahora estoy pensando en la mía.”


