Lo que comenzó como una visita rutinaria al baño terminó convirtiéndose en una profunda crisis existencial para Emiliano Yaps, de 43 años, quien, por primera vez en años, se sentó a hacer caca sin su celular.
“Se me estaba quedando sin batería y lo puse a cargar”, explicó. “Tanta mala suerte tuve que justo me dieron ganas de ir al baño.”
Emiliano intentó aguantar unos minutos, pero rápidamente comprendió que no era una opción.
“Sentí un sudor frio, retorcijones y bastantes flatulencias. Decidí que tenía que ir al baño sí o sí en ese momento.”
El celular quedó cargando.
Él se fue solo.
“No tenía Instagram ni TikTok. No tenía noticias. No tenía mensajes. Nada.”
Al principio intentó mantenerse ocupado.
“Leí la etiqueta del shampoo, pero no entendí nada.”
Eventualmente se acabaron las distracciones.
“Estaba ahí y no tenía con qué distraerme. Me puse a pensar en dónde estaba en mi vida.”
Y como esta caca daba para rato, empezaron a aparecer las preguntas:
“¿Estás viviendo tu vida o la vida que se supone que tenés que vivir? ¿Si mañana perdés todo lo material, qué te queda? ¿Tiene sentido la vida o se lo inventamos nosotros?”
Entre retorcijón y retorcijón salían más preguntas que respuestas.
Después llegaron las preguntas más personales.
“¿Estoy contento con mi trabajo? ¿Veo suficiente a mis hijos? ¿Por qué sigo pagando un gimnasio al que no voy? ¿Qué estoy haciendo con mi vida?”
La experiencia duró aproximadamente nueve minutos.
Al salir del baño, su mujer lo encontró empapado en sudor y cabizbajo.
“¿Estás bien?”, le preguntó.
“El sudor es por la cacota que acabo de hacer”, respondió Emiliano. “La cara es por la experiencia que acabo de atravesar.”
Al final, el único cambio que hizo fue comprar un cargador con un cable de tres metros para poder cagar y cargar el celular al mismo tiempo.
“No necesito encontrarme conmigo mismo todos los días.”


