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El lunes por la tarde comenzó a sentirse mal.

“Me empezó a molestar un poco la garganta. Tenía algo de congestión y sentía que volaba de fiebre.”

“Ni bien entré a casa me tiré en la cama y me tapé con dos frazadas.”

Ahí fue cuando su mujer le tomó la temperatura por primera vez.

“¡Tenés 37,5 grados! Dejate de joder, Esteban.”

A las nueve de la noche ya había escrito cuatro cartas de despedida.

“Uno nunca sabe.”

Las cartas estaban dirigidas a su mujer, sus dos hijos y un amigo de la infancia con quien no hablaba desde 2019.

“Hay temas que no quiero dejar pendientes.”

Durante la noche pidió una toalla húmeda en la frente en tres ocasiones. También pidió otra frazada y que le acercaran el cargador del teléfono, que estaba a menos de dos metros de la cama.

Antes de dormir, dejó algunas instrucciones por si la situación empeoraba.

“No quiero que regalen mis camisetas de fútbol así nomás.”

A la mañana siguiente, la temperatura había bajado a 37,2.

Decidió conservar las cartas por precaución.

Para su mujer, el problema no es la gripe.

“El problema es que es hombre.”

Su mujer asegura que no es la primera vez.

“Una vez tuvo diarrea y me dio las claves del banco y de su Hotmail.”

Él rechaza las críticas.

“Es fácil opinar cuando respirás por las dos fosas nasales.”

Para el miércoles ya estaba prácticamente recuperado.

Las cartas nunca fueron entregadas.

No se arrepiente.

“Prefiero haber exagerado y estar vivo.”

El caso vuelve a poner en evidencia una de las grandes contradicciones masculinas.

El mismo hombre capaz de ignorar durante seis meses un dolor en el pecho puede quedar física y emocionalmente destruido por una nariz tapada.

Al cierre de esta nota, Esteban se encontraba fuera de peligro.

Tenía 36,8.

Por las dudas, seguía en cama.