Una de las tantas injusticias de envejecer es que los huevos cuelgan cada vez más y las orejas no saben cuándo parar de crecer.
Con la edad, el cartílago pierde elasticidad, los lóbulos se estiran y la gravedad hace el resto.
Al viejo Eusebio, el proceso le empezó bastante antes.
“De muchacho ya me decían Dumbo.”
A los treinta y cinco, sus orejas ya le cubrían buena parte de los costados de la cara.
“Ahí empezaron con las bromas de mal gusto.”
“¿Escuchaste lo que pasó esta mañana en la Antártida?”, le decía su vecino cada vez que lo veía.
Un primo que vive en Polonia todavía lo llama cada tanto.
“Eusebito, ¿escuchaste el pedito que me tiré anoche?”
Lo peor es que semejantes orejas le crecieron bastante al pedo.
“Y mire usted, con semejantes orejas no escucho una mierda.”
Así que Eusebio decidió buscarles otra utilidad.
“Se me ocurrió probar si podía sonarme los mocos con ellas.”
Se dobló la oreja derecha sobre la nariz y se sonó.
“Funcionó a la perfección.”
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