Casi pelado, Martín se acostó en una clínica de Estambul imaginando que al despertar de la anestesia lo esperaría un futuro mucho más próspero en materia capilar.
Martín hasta se compró unos peines antes de viajar.
Cuando volvió en sí, se encontró con una gran noticia.
Mejor dicho, con dos grandísimas noticias.
“Miré para abajo y me encontré con dos tremendos bombuchones.”
Nadie en la clínica pudo explicarle cómo su implante capilar terminó convertido en dos implantes mamarios.
Martín está caliente con la clínica, aunque admite que el trabajo quedó bárbaro.
“La verdad que es raro tener tetas, pero las mías son hermosas. Dos tetotas grandes, redondas, firmes, bien paraditas. Parece a propósito, pero son justo el tipo de tetas que me gustan a mí.”
En Aventura, donde vive Martín, un chisme así vuela.
Sus amigos, supuestamente muy preocupados, aparecieron enseguida para verlo.
“Hasta aparecieron Roger y Jere, dos tipos que no veía desde la primaria.”
“Todos arrancan con ‘¿cómo estás, boludo?’. Pero yo sé perfectamente a qué vinieron.”
“Todos miran, pero yo no los dejo tocar, ni en pedo.”
Desde que tiene tetas, Martín dice que la gente lo trata mucho mejor.
“En todos lados me sonríen. Hombres, mujeres, todo el mundo me trata mejor. Antes nadie se reía de mis chistes y ahora soy el más chistoso del grupo.”
“Yo quería pelo porque pensaba que me iba a levantar la autoestima.”
“Las tetas hicieron el trabajo mucho más rápido.”
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