“Me rompieron el culo con el precio de las entradas, así que más les vale que les guste”, dijo Santiago apenas cruzaron la entrada.
Sus hijos exigieron popcorn y gaseosa antes de acomodarse en sus asientos.
Había pendejos a los gritos, padres tratando de calmarlos y varios ya pensando en cómo evitar el tráfico de la salida.
Se apagaron las luces y todo fue algarabía. Las pupilas de las criaturas se abrieron como las de un merquero y empezaron a enfocarse en los juegos de luces que hacían sobre la pista.
La locura era total: chicos gritando, adultos aplaudiendo y una señora de 68 años mostrando las tetas.
De repente, adiós luces. Quince segundos después:
“Niños y niñas, denle una fuerte bienvenida a lo que todos vinieron a ver esta noche… ¡Disney On Ice!”
Pum.
Cuatro luces blancas se encendieron desde las esquinas del escenario y apuntaron al centro.
Y ahí estaba, perfectamente conservado, Walt Disney dentro de un bloque de hielo.
Silencio total. Nadie se movía. Nadie hablaba. Nadie entendía una mierda. La señora de 68 seguía con las tetas al aire.
“Papá… ¿qué es eso?”
“Nada, hijo. Vámonos ya así evitamos el tráfico.”


