Con todo lo que sufrió Venezuela en los últimos veinticinco años, uno pensaría que otro personaje así sería exactamente lo último que quisieran volver a ver.
Pero, lejos de rechazarlo, una parte del pueblo recibió al gordito abusador de turno con los brazos abiertos.
Al mudarse a Estados Unidos, los venezolanos dejaron atrás a Hugo Chávez, después a Nicolás Maduro, y descubrieron en Donald Trump algo extrañamente conocido.
“Este me resulta familiar. Me hace sentir en casa”, dice Carmen Salcedo, venezolana de 49 años.
Cambió el país. Cambió el idioma. Pero algunas relaciones tóxicas parecen difíciles de abandonar. Mismo guion, distinto protagonista.
Nos propusimos entender qué mierda pasa por la cabeza de algunos venezolanos cuando aparece otro gordito gritón.
Lo conocido tira.
Algunos venezolanos parecen haber desarrollado un gusto político bastante específico: tipos que gritan, insultan, prometen salvarlos y, de ser posible, los tratan bastante para el orto.
Yolimar Marcano, de 61, lo tiene claro:
“A mí si un político habla bajito me genera desconfianza. Yo necesito que me grite.”
“¿Elocuente? ¿Inteligente? No. A mí dame uno que me grite y que insulte a todo el mundo”, dijo Belkis Guanipa, de 53.
Maritza Rondón, de 55:
“Cuando Trump dice que solamente él puede salvar al país, yo le creo. La otra vez también creí, pero eso no viene al caso.”
Nairobi Contreras, de 57:
“Tiene todo lo que me gusta en un líder: volumen, panza y enemigos.”
“Trump es diferente”, aseguró Kleiber Zambrano, de 54.
¿En qué?
“Habla inglés.”
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