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Madre haciendo un cacerolazo en la cocina antes de llevar a sus hijos a la escuela

Mariela Santos intentó por todas las vías posibles despertar a sus hijos de una manera armónica antes de ir al colegio.

“Pienso que es sano hacer las cosas sin apuros y sin gritos”, explica.

Tras meses de repetir las mismas instrucciones cada mañana ante una audiencia completamente indiferente, Mariela perdió la fe en el diálogo.

Jeremías, su marido, asegura que el desenlace era previsible.

“Se veía venir el desborde. La política de Mariela es no gritar y la de nuestros hijos es no escuchar.”

“Levántense.”

“Vístanse.”

“Cepíllense los dientes.”

“¿Dónde están sus zapatos?”

“Nos vamos en cinco minutos.”

Nada.

Mariela entendió finalmente que el diálogo había fracasado.

Era hora del cacerolazo.

“Elegí una olla vieja porque no quería arruinar una de las Royal Prestige que me acabo de comprar.”

A las 7:35, con toda la familia finalmente despierta y el perro asustado, Mariela guardó la olla y salió de la casa satisfecha.

“No quería llegar a esto”, aseguró, aunque dejó en claro que está dispuesta a extender el cacerolazo a otras áreas de la casa.

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