Agustín Rodríguez es hijo único y hace tiempo espera una herencia que, por ahora, no muestra señales de llegar.
Todavía vive con su madre, Nélida, de 82, en la misma casa en la que creció.
Nélida enviudó hace quince años, está retirada desde hace más de veinte y, para preocupación de Agustín, sigue gozando de excelente salud.
“Mi miedo es que llegue a los 100.”
“Come bien, camina todos los días, duerme bien. Todo bien hace”, explicó Agustín. “Y yo la quiero, pero también siento que me gustaría tener lo mío.”
Lo suyo, en este caso, es la casa en la que vive con ella desde que nació.
El problema, asegura, son los tiempos.
“No es lo mismo heredar a los 50 que a los 68. A los 68 ya se te fue la vida.”
Agustín ya tiene bastante claro qué hará con la propiedad.
“Lo primero sería modernizar un poco. Hay demasiado pastel.”
Cambiaría el color de las habitaciones, sacaría varios muebles y reemplazaría el sillón del living.
“Ese sillón tiene más de treinta años. Hay cosas que hay que saber dejar ir.”
También quiere poder llevar una mujer a la casa sin encontrarse con su madre al día siguiente.
Por ahora, el problema es exclusivamente teórico.
Agustín no lleva mujeres a la casa.
“Pero quiero tener la opción.”
Mientras tanto, Nélida sigue firme. La semana pasada, su médico geriatra le dijo que estaba “mejor que muchas personas de 65”.
“Si llega a los 100, yo voy a tener 68.”
Hizo una pausa.
“¿Para qué quiero un sillón nuevo a los 68?”


