Rolando Benítez falleció a los sesenta y cinco años.
Fumaba, tomaba, apostaba, tenía cierta debilidad por los travestis y tampoco había sido precisamente el mejor marido ni el padre más presente.
“Tuve mis cositas.”
Aun así, para sorpresa incluso del propio Rolando, fue aceptado en el cielo.
“Yo pensé que el tema era un poco más estricto, pero parece que no.”
Rolando atribuye parte de su suerte a una promesa desesperada que hizo durante el Mundial de Qatar 2022.
“Cuando Argentina fue a penales contra Holanda recé diez Ave Marías seguidas. Yo no rezaba desde la comunión.”
“Parece que me dio algo de suerte, María.”
El proceso de ingreso al cielo venía encaminado hasta que a uno de los ángeles se le escapó el tema de la familia.
“Tenemos entendido que gran parte de su núcleo familiar ya se encuentra con nosotros y está aguardando con mucha ilusión la posibilidad de reencontrarse con usted.”
Rolando levantó la mirada.
“¿Mi familia está acá?”
Le explicaron que estaban sus padres, sus hermanos, dos tíos, su suegra y varios primos.
“No, gracias. Prefiero estar solo por un tiempo.”
Rolando decía que después de sesenta y cinco años ya había cumplido.
“Yo quiero mucho a mi familia, pero toda mi vida me llenaban la casa, ensuciaban todo y después el que se quedaba levantando platos y limpiando era yo.”
Tampoco guardaba buenos recuerdos de las salidas familiares.
“Mi suegro jamás sacó la tarjeta en un restaurante. Nunca. Llegaba la cuenta y de golpe se ponía a mirar el techo. Treinta y cinco años haciendo lo mismo.”
También tenía algunos asuntos pendientes.
“¿Sabés hace cuántas décadas quiero ver una película sin que alguien me la esté relatando al lado?”
El ángel trató de convencerlo.
“Piense que va a poder pasar toda la eternidad rodeado de sus seres queridos.”
Rolando dudó.
“¿Están todos juntos?”
Le confirmaron que sí.
“Ese es justamente el problema.”
Antes de retirarse, pidió unos días para evaluarlo.
“Quizás más adelante. Recién me morí, necesito un poco de espacio.”


