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Lucas tiene treinta y ocho años, está casado y es padre de dos nenes chicos. El jueves pasado, después de una pelea entre sus hijos, decidió refugiarse unos minutos.

Lo que iban a ser unos minutos terminaron siendo cuatro días.

“Los nenes estaban peleando por no sé ni qué boludez y me hincharon los huevos. Pensé: ‘Voy al baño cinco minutos y que sea lo que sea. Harto me tienen’.”

Sabía que el baño principal no era una opción.

“Ahí me iban a encontrar enseguida. Así que me fui al baño del cuarto de huéspedes. Ese no lo usa nadie.”

Antes de meterse al baño, recordó la última vez que había intentado esconderse un rato.

“Me quedé sin batería y terminé leyendo la etiqueta del shampoo. Esta vez no me iba a pasar lo mismo.”

Agarró el cargador con el cable largo y se encerró.

Al principio pensaba quedarse un ratito.

“Seguro en cualquier momento me llama mi mujer o viene alguno de los rompebolas a buscarme”, pensó.

Después de un rato dejó de mirar la hora.

“Che… está bueno esto.”

Su mujer finalmente le escribió.

¿Estás bien, amor?

Sí. Algo me cayó mal. Dame un ratito y voy.

Eso fue el jueves.

El viernes seguía ahí.

Con el celular se entretuvo bastante: escuchó un podcast, vio varios videos de YouTube, se bajó una miniserie de Netflix y hasta se deleitó con un porno hentai.

“Había que matar el tiempo.”

De aburrido encontró una revista People de 2014 y comenzó a leerla. Terminó particularmente interesado en una nota sobre Lupita Nyong’o, elegida ese año por la revista como la mujer más bella.

“¿Qué carajo le ven a Lupita? Ni tetas tiene”, se dijo en voz alta.

Ni él sabe en qué momento pasó, pero hasta logró meter una siestita reparadora.

“Soñé que estaba jugando un partido benéfico con Messi.”

Casi se le termina el momento de paz cuando uno de sus hijos entró al cuarto de huéspedes.

Lucas escuchó los pasos y aguantó la respiración.

“Pensé: hasta acá llegué.”

El nene agarró algo y se fue.

“Zafé.”

Al tercer día empezó a extrañar a su familia.

“Pensé: ‘¿Estarán preocupados por mí?’”

En ese preciso momento escuchó cómo su mujer cagaba a pedos a uno de los chicos por haberle pegado al otro.

“Mejor me quedo un ratito más.”

Durante esos días, Lucas recordó mucho a su padre, fallecido en 2020 en un confuso accidente que involucró un caballo, un condón y dos kilos de dulce de leche.

“Me acordé de él sentado en el baño con el diario durante una hora.”

“¡Ni cagar en paz puedo!”, solía gritarnos.

Lucas sonrió.

“Viejo… ahora te entiendo.”

El domingo finalmente aceptó que no podía quedarse ahí para siempre.

Intentó levantarse, pero no pudo.

“No sentía las piernas. Quise volver a sentarme, pero pensé en mi mujer, en mis hijos… y dije: no. Tengo que salir de acá. Mi familia me necesita.”

Tuvo que agarrarse del lavamanos con ambos brazos y hacer fuerza hasta ponerse de pie.

Durante los siguientes cuatro minutos permaneció parado, inmóvil, esperando que volviera la circulación.

Finalmente recuperó las piernas, abrió la puerta y salió del cuarto de huéspedes.

Su mujer lo vio aparecer en el pasillo.

“¿Estás mejor del estómago?”, preguntó.

Lucas asintió.

“Mucho mejor.”

“En el baño encontré la paz interior. No tuve que irme lejos. Solamente tuve que esconderme de mi familia.”