Hace once años, Ramón Palenzuela cruzó la frontera por el Valle del Río Grande hacia Estados Unidos. Después de un viaje largo, peligroso e ilegal, finalmente estaba en su nuevo país. Llegó con poca plata, mucho miedo y un solo objetivo: conseguir una vida mejor.
“Yo era otro hombre en ese entonces. Sabía que lo que estaba haciendo estaba mal, pero quería un futuro mejor para mí.”
Lo logró.
Apenas cruzó la frontera, Ramón sintió algo extraño dentro suyo. Un inexplicable aire de superioridad recorrió su cuerpo y rápidamente se olvidó de dónde venía.
Ramón seguía llamándose Ramón, aunque frente a los americanos se presentaba como Raymond.
A los quince minutos de haber cruzado ya decía cosas como “acá hay que hacer las cosas legalmente”. A la hora empezó a quejarse de que “acá viene cualquiera”. No había pasado ni una semana cuando ya se sentía incómodo al escuchar o ver a otros latinos haciendo cosas de latinos, como hablar en su idioma.
Él le habla en inglés a todo el mundo, incluso cuando sabe perfectamente que la otra persona probablemente hable español.
“This is America! We speak ENGLISH here!”, dice orgullosamente, con un acento que todavía necesita subtítulos.
Ramón obtuvo la residencia permanente gracias a un resquicio legal y un pedido de asilo político bastante dudoso que, increíblemente, fue aprobado.
Ramón es hondureño, aunque todos sus “amigos” americanos están convencidos de que es mexicano. Él está convencido de que es uno más, aunque cada tres meses alguno de sus amigos le pregunta:
“So, what part of Mexico are you from?”
Raymond mira Fox News religiosamente todas las noches y vota republicano desde el primer día que legalmente puede hacerlo. Cuando algún presentador habla de “millones de ilegales entrando al país”, asiente indignado. Se refiere al Partido Republicano como “nosotros” y a los latinos como “ellos”.
“Hay gente muy peligrosa cruzando la frontera todos los días”, asegura al día siguiente, repitiendo casi palabra por palabra lo que escuchó la noche anterior.
Cuando le recordamos que él mismo cruzó ilegalmente ayudado por un coyote, hace una pausa.
“Sí, pero lo mío fue distinto.”
No explica exactamente por qué.
Cuando se habla de deportaciones, Raymond tampoco tiene demasiadas dudas.
“El que no hizo nada malo no tiene por qué preocuparse.”
“Vienen acá a quitarnos nuestros trabajos y a imponer su cultura”, dice Raymond mientras sirve baleadas desde su food truck Authentic Latin Food, con música en español sonando de fondo.
Su transformación se completó hace unos meses, cuando un primo de Honduras lo llamó para pedirle ayuda para emigrar a Estados Unidos.
“No, hermano. La cosa está muy difícil acá.”
Ramón llegó a Estados Unidos porque quería que alguien le abriera una puerta.
Apenas entró, su primer impulso fue darse vuelta y cerrarla con llave.


