Julieta Santoro conoció a Franco Bértoli cuando apenas llevaba ocho partidos en la Primera de Argentinos Juniors.
“Yo acepté que antes de mí hubo gatos. Lo que le dejé bien claro es que mientras estuviéramos juntos, no iba a aceptar ninguno cerca.”
Al principio era fácil.
“Había uno que otro, pero con una mirada fea y un ‘juira, juira’ se ahuyentaban.”
Todo cambió cuando el nombre del delantero empezó a sonar en Europa.
“Con la oferta del Tottenham perdimos el control. No podía ni ir a la esquina sin que se le juntaran cinco gatos alrededor.”
La cantidad llegó a ser tal que la municipalidad tuvo que intervenir.
Ahí Julieta decidió profesionalizar el asunto.
“Me asesoré. Leí que los cítricos los ahuyentan y armé un plan.”
Empezó dejando cáscaras de naranja y limón en la puerta de la casa y adentro del auto. También rociaba la vereda con vinagre.
“Franco se quejaba del olor, pero yo prefería que oliera a mandarina antes que volviera con un gato.”
También descubrió que el horario era importante.
“Los gatos son animales nocturnos. Por eso cuando Franco me dice que sale a cenar o a un boliche, yo automáticamente refuerzo las medidas.”
A Franco le dio instrucciones muy precisas.
“Le expliqué que bajo ninguna circunstancia los acaricie. Les das un poquito de cariño y enseguida agarran confianza.”
Franco creía que simplemente con ignorarlos bastaba.
“No. A veces les tenés que decir que no, mirarlos serio y marcarles el límite.”
Más adelante, Julieta reforzó la casa.
Instalaron rociadores con sensores de movimiento.
“Se acerca algo y le tira agua. Una maravilla.”
Franco tampoco le oculta nada.
“Él nunca me miente. Siempre me cuenta de los gatos que se le aparecen. Por suerte, nunca le gustaron.”
Julieta confía en el sistema.
“En seis años nunca se nos instaló uno. Por algo será.”


