Ramiro Benítez salió de la panza de su mamá hace diecisiete meses. A las pocas horas de nacer ya tenía algo bastante claro: se quería ir a la mierda lo antes posible.
“Ni bien pude abrir los ojos, vi a una enfermera mandar a mi viejo a comprar cosas a la farmacia de enfrente porque en el hospital no había. Otra vez me tocó nacer en el tercer mundo. ¡Me cago en la puta madre!”
“Dame una, Diosito. ¿No me puede tocar una puta vez nacer con padres millonarios?”
Desde ese día, Ramiro intenta encontrar un hueco en las perfectas —por ahora— defensas que montaron sus padres para mantenerlo con vida.
“Me traban puertas, me vigilan en la bañadera, no dejan que ningún extraño se me acerque. Todo cerrado, protegido, fuera de mi alcance. No se les escapa nada a estos hijos de puta.”
La pileta fue una de sus primeras esperanzas.
“Pensé que ahí tenía una buena oportunidad. Siempre la miraba desde mi sillita. Pero apenas empecé a gatear, mis papás se avivaron y le pusieron una malla como de dos metros. Yo eso no lo trepo ni en pedo.”
Vio otra salida a su cruel existencia cuando empezó a observar detenidamente al perro de la familia.
“Tanta mala suerte tengo que, en vez de tocarme un Pitbull asesino come bebés, me tocó un Golden Retriever más blando que puré de geriátrico.”
“Varias veces lo apuré para ver si tenía huevos.”
“El cagón se levanta y se va. No quiere tener quilombo conmigo. ¡Golden puto y cagón!”
Con los viajes en auto también creyó ver una oportunidad.
“Ni bien me subo al auto empiezo a gritar, a rogar por una muerte digna, y estos soretes me atan de todos lados a la sillita. No me puedo ni mover.”
“Encima me ponen música tranqui y a los diez minutos me quedo dormido como un boludo.”
Con el tiempo aprendió que la vigilancia es prácticamente constante.
“Vos pensás que están mirando el teléfono. Mentira. Tienen un ojo en Instagram y el otro puesto en vos.”
Ramiro sigue sin entender qué le ven los demás a la vida.
“Mirá cómo viven estos forros. Estresados, endeudados, peleándose por política y mirando el celular todo el día. Dejame de joder.”
“Después vienen a casa, me traen regalos, me hacen muecas, me dan comida rica, como queriéndome convencer de que esto está buenísimo.”
“Que se metan todo en el orto.”
Su hermana mayor le confesó que en algún momento todo esto se le va a pasar.
“Me dice: ‘Vas a crecer, vas a ver. Todo va a estar bien’.”
Ramiro no parece demasiado convencido.
“Eso dicen todos. Mirá cómo terminaron.”
Por ahora no piensa dar marcha atrás.
“Tengo diecisiete meses. Tiempo me sobra.”
“Todavía tengo varias ideas por explorar, pero no te las quiero spoilear.”
Sonrió.
“Quédense tranquilos, viejo. Esto recién comienza.”


