Todas las mañanas, Giuliana lucha para despertar a su hija Sofía, de cinco años, para que vaya al colegio y a Matías, de treinta y ocho, para que vaya al trabajo.
Una vez que logra sacarlos de la cama, empieza la segunda batalla: los dientes.
Después de pedirlo cuatro o cinco veces, Giuliana termina parada en el baño asegurándose de que se los cepillen de verdad y no así nomás.
Una vez en la cocina, Matías no mejora. Giuliana tiene que llamarlo varias veces para que se siente a la mesa, asegurarse de que termine de comer y que se apure para no llegar tarde a la oficina.
Antes de salir a algún lado, Giuliana les pregunta a todos si hicieron pis y, ya en el auto, cuenta cabezas:
“Una, dos, tres… Matías.”
A la noche, Matías sigue igual. Se distrae viendo videos de fútbol en el celular y a Giuliana no le queda otra que cortarle la comida y hacerle el avioncito.
“Si no, no come, ¿viste?”
Cuando llega la hora de dormir, Giuliana manda a Sofía a lavarse los dientes y acostarse. A los pocos minutos termina mandando a Matías también.
“Matías, te vas ya mismo a la cama. No te lo vuelvo a repetir.”
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